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La reportera Linda Reeves reza frente a una de las estatuas en los terrenos de la Misión de Nombre de Dios, en San Agustín, que es también el sitio del Santuario de Nuestra Señora de La Leche.

ST. AUGUSTINE | Todos los veranos siento el deseo de salir a ver el mundo y explorar cosas nuevas, pero desde hace unos 15 años he tomado un camino distinto: emprender viajes religiosos a lugares sagrados para tener una experiencia más significativa.

La idea de realizar una peregrinación es alejarse del estrés y la ansiedad. Es una jornada de fe para sentarse con tranquilidad en la presencia de Dios, crecer espiritualmente y honrar al Señor.

Por eso, en junio, cuando la pandemia disminuía y la gente comenzaba a salir de nuevo, hice un examen de conciencia y una investigación, elaboré planes y salí de la ciudad.

A pesar de estar totalmente vacunada, había descartado los viajes internacionales. Los viajeros aún corren el riesgo de contraer y propagar algunas variantes de COVID-19. Además, las restricciones varían de un país a otro. Este año, lo mejor era viajar en automóvil. Nada de aeropuertos. Nada de esperar en colas largas de seguridad. Sin escalas, retrasos ni mascarillas. 

Me dirigí a St. Augustine, el asentamiento más antiguo del país que más de seis millones de turistas visitan anualmente, según las investigaciones. El sitio web de la ciudad indica que “una visita a St. Augustine es algo más que una escapada. Es una vacación bastante cerca de casa pero suficientemente distinta para sentirse en un mundo aparte”.

Los turistas visitan por las playas, las atracciones, el entretenimiento y la gastronomía, pero unas cuantas llamadas a la Diócesis de St. Augustine revelaron que la ciudad tiene más de 450 años, con puntos de interés católicos entretejidos por toda la ciudad. Incluso está reconocida como el lugar de peregrinación más antiguo de los Estados Unidos.

A lo largo de las décadas, un gran número de clérigos, religiosos y laicos de todo el mundo se han dirigido a St. Augustine. Sentí que Jesús me llamaba allí porque todo encajó a la perfección, incluida la búsqueda de un lugar adecuado para hospedarme.

Una publicación señalaba que un viajero encontrará más de 3,000 hoteles, moteles y posadas en St. Augustine. Como peregrina, yo quería un alojamiento distinto.

Con las Hermanas de San José

Villa Flora, en el distrito histórico, fue construida en 1898 como casa de invierno para un residente temporal. A lo largo de los años, se le añadió espacio y, en 1975, el edificio sirvió como casa de formación para las Hermanas de San José de St. Augustine, cuya casa madre, construida en 1874, se encuentra al otro lado de la calle. Estas mujeres han servido en La Florida durante 155 años en la educación, la ayuda a las parroquias, el servicio a los ancianos, y la propagación de la fe.

La villa, ahora conocida como St. Joseph Renewal Center, sería mi hogar durante la peregrinación. Lo tenía todo: habitaciones acogedoras con baño, espacios tranquilos para la lectura, y una capilla para la oración. Las comidas se ofrecen por un precio módico, y aproveché la oportunidad de recibir dirección espiritual individual con una de las religiosas.

Cuando llegué, me recibieron la Hna. Jane Stoecker y la Hna. Florence Bryan. Sus rostros amables me resultaban familiares porque ambas habían servido en el Sur de La Florida, mi terruño. La Hna. Stoecker, administradora de los retiros, fue directora de la escuela de la catedral de St. Mary en la Arquidiócesis de Miami durante 20 años. La Hna. Bryan, su ayudante, trabajó en la parroquia de St. Edward, en la Diócesis de Palm Beach.

Una vez estuve tras los portones de la villa, supe que había hecho la elección perfecta. No había televisores. Ni teléfonos. Ni internet. Sólo los sonidos de una fuente que fluye en el jardín, el canto de los pájaros y, a veces, el débil sonido 

cuadras de distancia.

Las religiosas me dieron las llaves de mi habitación y del portón. Me invitaron a sentirme como en casa y me animaron a explorar la biblioteca del centro, que cuenta con 5,000 libros, un tesoro de publicaciones religiosas, históricas y educativas. ¡Qué maravilla!

La Hna. Stoecker me dio un folleto con un mapa y una lista de 14 lugares católicos distintos. Mi plan de peregrinación consistía en recorrer el mayor número posible de lugares, pero la prioridad era la oración. Así que hice un itinerario y, al día siguiente, me dirigí al lugar católico más antiguo de la lista.

Misión Nombre de Dios

La Misión Nombre de Dios tiene hermosos terrenos con árboles de sombra, senderos y bancos, la iglesia de Nuestra Señora de la Leche, una capilla antigua, un museo y un cementerio. El P. Erline García, sacerdote de la Inmaculada Concepción que supervisa la propiedad, describe el lugar como un “acre sagrado”.

El lugar marca el punto en el que los exploradores españoles desembarcaron el 8 de septiembre de 1565, y fundaron la ciudad a la que llamaron San Agustín en honor al santo en cuya festividad avistaron tierra. Con los pies en tierra firme, lo primero que hicieron los hombres fue arrodillarse para dar gracias a Dios.

Lo próximo que hicieron pasa a la historia de la Iglesia. Los españoles celebraron la Misa. El P. Francisco López de Mendoza Grajales, que viajaba con ellos, celebró la primera Misa en suelo de lo que después serían los Estados Unidos. Una cruz de 208 pies erigida en el lugar recuerda esta historia a los visitantes. 

“Las raíces del cristianismo y del catolicismo [en los Estados Unidos] comenzaron aquí”, declaró Mackenzie Tucker, que visitó St. Augustine hace seis años y se enamoró de la ciudad. Hoy reside allí y trabaja en el desarrollo de la misión. “Mi visita me abrió los ojos”, afirmó.

Los españoles establecieron la primera comunidad religiosa de los Estados Unidos y construyeron la primera iglesia católica en la misión. En 1609, trajeron consigo su amor por Nuestra Señora de la Leche y construyeron un santuario en los terrenos para honrar a María.

El santuario, elevado a categoría nacional en 2019 por la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos, está reconocido como el primer santuario mariano del país. En 2012, el Papa Francisco declaró el 11 de octubre como la Fiesta de Nuestra Señora de la Leche, y también concedió el permiso para que se celebrara una coronación canónica extraordinaria al darse cuenta del gran número de personas que acudían a venerarla en St. Augustine. 

Según Tucker, la coronación se iba a celebrar el año pasado durante el 150o. aniversario de la diócesis. Se pospuso debido a la pandemia y se ha programado para el 10 de octubre de este año. El evento será la cuarta coronación canónica en los Estados Unidos.

Mi día en los terrenos de la misión fue una bendición. La oportunidad de celebrar la Misa y pasar tiempo en adoración en el lugar donde tuvo lugar la primera celebración eucarística en los Estados Unidos fue una experiencia inolvidable.

En el santuario, cuya imagen representa a María lactando al Niño Jesús, mis oraciones se elevaron por los no nacidos y por mi sobrina, que esperaba su primer hijo este verano. Me di cuenta de que varias futuras madres oraban en el santuario. Una de ellas asistió a la Misa en la iglesia y pidió una bendición al celebrante principal.

Durante los días siguientes, recorrí las calles de ladrillo del casco histórico y visité los lugares católicos, rezando y reflexionando sobre los primeros tiempos. Recé por los colonos, que trajeron la fe de España a América, y por los misioneros que establecieron el primer hospital y la primera escuela. Los franciscanos estaban entre los misioneros que vinieron a enseñar el cristianismo a los indígenas del territorio. Muchos fueron martirizados.

Catedral basílica

Celebré la Misa diaria en la hermosa catedral basílica, una de las principales atracciones de la ciudad, construida en 1797. La iglesia se convirtió en catedral cuando se estableció la diócesis en 1870. La Diócesis de St. Augustine, que fue la diócesis madre de La Florida, se dividió en seis diócesis adicionales a medida que el Estado se desarrollaba y crecía la población católica.

Me deslumbró la belleza de la antigua iglesia, y se me erizó la piel al pensar en las generaciones de fieles, incluidos obispos, sacerdotes, religiosos y familias, que se habían sentado en los bancos a orar, asistir a las celebraciones y honrar a Dios.

Mi viaje de peregrinación fue demasiado corto. Aprendí mucho y creé recuerdos. Lo más importante es que sentí la presencia del Señor no sólo en los lugares que visité, sino a través de las personas que conocí durante mi jornada, incluidas las religiosas. Mi fe se fortaleció.

Llena de paz, oración, espiritualidad y gracia son las palabras que utilizo para describir esta peregrinación personal. Sabía que era aquí donde Dios quería que estuviera, y ya me pregunto cuándo encontraré tiempo para volver a orarle, adorarle y glorificarle. 

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